Me temo que están totalmente equivocados.
Me senté un rato en la orilla, a contemplar el horrendo mar que consumía poco a poco mis ganas; no soy una mujer de muchas ganas y las pocas que me quedan están hundidas en el horrendo mar que consume poco a poco…
“Están totalmente equivocados.”
-Podría ser tan amable y dejar ese chuchillo, el cual solo le servirá para cortar hogazas de pan en porciones semejantes, si desea morir tanto como un buen desayuno es mejor que se ponga una soga al cuello.
El doctor: ¿Ya antes lo había intentado?
L: Nunca con un cuchillo semejante.
El doctor: ¿Aún tiene ganas de hacerlo?
L: Nunca antes…
La enfermera: Lo necesitan en el segundo piso Doctor.
L: Quédese conmigo, no quiero estar sola.
Un niño en la otra habitación: ¡No por favor, duele!
Y el resto de la mañana parecía no tan gris, aquí en el mar los días grises son lo mejor, no hay personas hostigando la belleza de las calles vacías, incluso se pensaría que no es necesario hacer nada, solamente quedarse frente a la ventana, ver las gotas empapar los edificios llenos de salitre, carcomidos por el tiempo que no pretende quedarse en calma, surcar el piso frío de la habitación rentada por unos pesos al mes, encender el radio, caminar en círculos y deambular por el pensamiento de lo que se supone que sea.
-Pasa mucho tiempo frente a la ventana ese hombre- La vecina piensa que una fiesta al mes no está mal, y menos en esa tierra llena de solidarios mapas para la felicidad –Yo digo que al menos una vez al mes…
-Si, caray, el sujeto no ha bebido ni una cerveza con nosotros desde que llegó aquí, ¿de dónde será?
-No nos metamos en eso, se ve que es raro vida.
-Una cerveza al mes, digo, no es la gran chingada cosa.- El sabe que no se casó con María por lo guapa que era, y ya no digamos que el amor, ese pinche amor-ficción que embrutece, lo llevó al altar de la parroquia de Nuestra Señora de Fátima. – Mira María, no estaría mal que fuésemos a visitarlo.
-No estaría mal, pero te lo digo viejito, el tipo es raro.
Sola, debería ir al mar, en el mar todo se olvida o se aleja, en el mar frío de las mañanas de enero; no he tenido mucho por lo cuál permanecer, ni siquiera un cuchillo decente para desmoronarme las hilachas; si el mundo hablase de una profunda tristeza ni eso tendría yo.
No culpo a mis padres por haberse largado, soy un caos, mis maestros de primaria decían que no fui brillante, vamos, que ni siquiera podía hablar bien y menos las matemáticas, nunca quise atender sus algoritmos y representaciones graficas de algo que no entendí jamás: ¿Cómo es que la carencia de todo se puede representar con un cero?
O nunca lo intenté, y en la secundaria un monstruo, la soledad, así me llamaban esos cabrónes, la soledad.
Toctoctoctoc… splash lashduash crash.
-Ya vale, escuché desde el primero.
Ahí están, creo que no les agrado, no tienen la culpa, pobres, solo quieren saber que clase de cabrón tienen por vecino, no los culpo.
María; no es lo que se dice bella, no es lo que se dice agradable, me recuerda a esos puerquitos que crían en Laredo con los desperdicios que los niños dejan sobre la mesa aunque sepan que serán presa de un regaño “Niño, la comida no se tira, no estamos para andar desperdiciando” Y mas tarde el vecino que va por los restos para los puercos, y así en todas las casas donde se puedan tener o puercos o niños.
No sé como se llama el hombre, me agrada saber el de la mujer por los gritos que en ocasiones inundan mi cuarto: “Con una chingada María, con un carajo, ya ni la chingas”
Es flaco, se ve cansado, ambos son viejos, pero no tanto como para morir pronto; llevo un par de meses aquí, se que me espían cuando miro por la ventana a lo lejos, no importa realmente.
-Buenos días.
-Pensamos, bueno, mi vieja piensa que tal vez si nos conociéramos, me refiero a… no sé, lleva tiempo viviendo aquí, ¿qué tal la vista?
-No seas tonto, ofrécele una cerveza al señor; mire señor, no lo hemos visto salir, una cerveza al mes no hace daño.
El mar, no quiero esperar a que regrese el doctor, no necesitaré puntadas, nunca pensé en irme realmente, con el mar basta, con el solitario deseo de desempolvar unas cuantas fotografías de la infancia y después de verlas por última vez tirarlas a las hambrientas olas.
La enfermera: Doctor, se ha ido la muchacha con las venas abiertas.
El doctor: No era para tanto Susana, la veremos pronto.
Un niño en el piso de abajo: ¡Me duele mucho mamita!
Y de dos en dos saltaba
Y de tres en tres caía
Y siempre sonreía
Cuando asesinaba.
-Están bien frías estas cervezas, no sé usted señor pero yo disfruto más una cerveza fría en días con lluvia.
No es para tanto, pronto dejará de sangrar, La Soledad, que cabrónes, y yo que ni siquiera podía verme al espejo sin pensar en los muy hijos de la chingada, cómo me hubiese gustado que uno de ellos me invitara por un helado, pero con la cara de aquellos momentos, con mi desarrollo en serio lento y la más guapa del último grado ya con senos y cadera y ese pinche suéter verde que tanto odiaba cubriéndome los granos de la espalda.
Y si me viesen ahora no sería mejor, quién quiere invitarle un helado a una loca que vive con una tortuga, con mis ojeras eternas y mis costillas saliendo del atrio de mi cuerpo hacia un rumbo desconocido y bueno, mi piel no sufre más los embates de la adolescencia, ha tomado un tono blanquecino a fuerza de no salir al sol y mis labios delgados y rojos con el cabello que parece la mismísima pinche noche en que mis padres tomaron sus cosas y se largaron cuando estaba por fin en el último grado de la universidad estudiando a Proust del cual no entiendo una mierda.
-Gracias por la cerveza, tengo cosas que atender.
-Pero una vez al mes señor, que se embriague un poquito con nosotros.
-Con una chingada María, déjalo en paz. – Y el pensando en que realmente soy un raro.
Si piensas que miro por la ventana hacia el mar solamente por que sí es que estás equivocado, llevo tiempo intentando volver a verla, es flaca como la chingada, y no tan fea, pero es mía, tan mía como la única que mira de esa forma el mar, como si quisiera desaparecer de pronto y ser arrastrada por la corriente hacia el fondo de todo, como si solo desaparecer y nada más, dejando de lado todo lo que se supone que fue.
Sé que irá hoy a sentarse en esa roca.
El mar…
El mar…
-¿Viste el rifle que tenía en la ventana María?
El doctor: No es para tanto Susana, la volveremos a ver pronto.
El punto fijo en el infinito de la creación, ¿cómo soy capaz de darles una vida miserable y arrancárselas de tajo sin el menor reparo?
Soy una mierda de cuentista, ya todos saben el final de la historia.
Me temo que están totalmente equivocados.

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