Al final de la batalla
quedaron esparcidos los cuerpos surcados por la lanza del infortunio y por la
daga de la espera,
Todas las palabras se desvanecieron
en un estridente y caótico pasodoble hacia el vacío de la comunión con Dios,
Los célibes se abrazaron en
agónica orgía y comulgaron de las carnes de las meretrices vejadas en el alba
del séptimo día,
Todo se sumergió en las aguas
belicosas de la permuta de axiomas elípticos y en espiral.
No olvidaré la mirada ávida de consuelo de los
pobres que perdieron la esperanza bajo el sol ardiente en medio del desierto,
Ni la sonrisa enferma de los
avaros y acumuladores que protegían su tesoro mientras clérigos ataviados de
oro robaban a sus hijas de los templos de la virtud,
Ni las sombras de la noche que
reptaban sobre las ardientes y sucias aceras mitigadas por el paso de los
desamparados peatones del infierno.
En esa época de canto
sangriento aún la verdad asomaba su espejo,
Tiñendo la necrópolis de
anaranjados y disminuidos,
Dejando ver un reflejo
desfigurado de un sol cuya médula desconozco hasta ahora.
Pero el brutal tirano
vapuleaba su látigo, frío al llanto de los niños, contra las montañas y ríos,
Contra la apacible madreselva
y el infatigable roble,
Contra el escrupuloso coyote y
el pavorreal altivo,
Contra la madre que pare sola
en un nido solitario y contra los hijos de su vientre
Contra el agrietado suelo de una milpa explotada durante cien
generaciones
Contra la espalda desnuda de
los faquires subterráneos de la ciudad de la cocaína
Contra el mercader de epítomes
que ignora la gloria de Alejandría
Contra los muertos de hambre
que ceden su último mendrugo a un perro nómada
Contra los alienados y
teledirigidos
Contra los que cuentan monedas
sin llegar a lanzar una sola a la gran forja de gloriosas oropéndolas de todos
los metales del universo.
Así comenzó la errata en la gran partitura celeste,
Con un demente que colérico tachó toda escama tonal
Y se dedico incesante a ensanchar los espacios entre las estrías
del pentagrama
A agrandar el hueco armónico y eclipsar todo bemol y
sostenido
De la nota más absoluta de todas
Que eran todas
Y ninguna.

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